En estos tiempos, en los que se busca afanosamente una renovación de la pastoral de la Iglesia, vale la pena buscar en el pensamiento y la vida de los santos algunos principios básicos que sirvan de guía para que esa renovación sea lo más fructuosa posible. En esta ocasión ofrecemos tres frases de santos de los siglos XIX y XX que nos parecen especialmente apropiadas a esos efectos.

San Juan Bosco: “Dame las almas y llévate lo demás” (Da mihi animas caetera tolle: Génesis 14,21 según la Vulgata).

La pastoral de la Iglesia incluye la denominada “pastoral social”, que hoy suele estar centrada casi exclusivamente en las obras de misericordia corporales. Sin embargo, es preciso que la pastoral social y toda la pastoral den el debido relieve también a las obras de misericordia espirituales. El objetivo último de la Iglesia no es aumentar el bienestar material de las personas, sino ayudar a salvarlas, es decir conducirlas al Cielo. Se podría objetar que la Iglesia no tiene un solo objetivo último, sino dos: dar gloria a Dios y salvar a los hombres. Pero en realidad esos dos fines no son más que dos aspectos de una misma realidad, como nos enseñó San Ireneo de Lyon: “La gloria de Dios es el hombre viviente; y la vida del hombre es la visión de Dios”. El verdadero amor a Dios y el verdadero amor al prójimo nunca se oponen, sino que son las dos caras de una misma moneda. Por eso está bien decir que la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, existe para evangelizar, que tiene una índole misionera y que su ley suprema es la salvación de las almas (Salus animarum, suprema Ecclesiae lex). A fin de cumplir su misión de integrar a los hombres en la salvífica comunión divino-humana de la Iglesia, los cristianos, clérigos y laicos, debemos hacer y hacemos muchas cosas auxiliares como por ejemplo: recaudaciones de fondos, actividades recreativas, deportivas o culturales, etc. Pues bien, a menudo tendemos a perder de vista la necesaria conexión entre esas actividades periféricas y el fin central y último de la Iglesia. Y en este punto viene en nuestra ayuda el poderoso lema de Don Bosco: “Dame las almas y llévate lo demás”. En definitiva, lo importante en la acción pastoral es la salvación de las almas, su vida eterna. Todo lo demás es accesorio.

Beato Juan Bautista Scalabrini: “Un alma vale una diócesis”

Esta frase del Beato Mons. Scalabrini, Obispo de Piacenza (Italia) que fundó una congregación religiosa dedicada a la atención espiritual de los migrantes, nos recuerda con fuerza el valor infinito de cada ser humano, creado por Dios a Su imagen y semejanza y llamado por El a ser hijo de Dios y miembro de Su Iglesia. Como Mons. Scalabrini era Obispo, se dijo a sí mismo que un alma vale una diócesis; pero por ejemplo un párroco podría aplicar este mismo principio diciéndose a sí mismo que un alma vale una parroquia. O sea, dejando de lado todo “carrerismo” eclesiástico – mal que también afecta a algunos laicos – los cristianos debemos poner todas las estructuras eclesiales, todos los oficios y encargos eclesiásticos, todos los programas e iniciativas pastorales, al servicio de la salvación, no sólo de los hombres en general, sino de cada uno en particular. El Buen Pastor trabaja intensamente por cada una de sus ovejas y da la vida por cualquiera de ellas.

San Josemaría Escrivá: “De cien almas nos interesan las cien.” Surco, 183.

Esta frase del fundador del Opus Deinos recuerda que en cierto nivel fundamental – apriorístico o absoluto, digamos – no hay “prioridad pastoral” que valga. ¿A quiénes nos manda Nuestro Señor Jesucristo llevar su mensaje de conversión, salvación y vida eterna? A todas las personas, sin excepción alguna, sea cual sea su sexo, edad, nacionalidad, raza, condición social, religión o irreligión, etc. Ahora bien, esto no significa que las distintas prioridades pastorales establecidas por las Iglesias locales o la Iglesia universal en distintos momentos o lugares no sean válidas. Para comprender esto, podemos hacer una comparación con dos principios de la doctrina social de la Iglesia que se complementan entre sí. El principio de solidaridad dice que todos somos responsables de todos; pero el principio de subsidiariedad establece que esta corresponsabilidad fundamental debe respetar un orden, de tal modo que cada persona u organización tenga una responsabilidad propia y que las estructuras superiores, por ejemplo, los gobiernos nacionales o locales, no asuman para sí las tareas que deben hacer las personas, las familias, las empresas o las asociaciones civiles, sino que ayuden a éstas a cumplir sus propios roles. Volviendo a la pastoral, explicaremos esto con un ejemplo. Está bien que un párroco dé una mano de vez en cuando a una parroquia vecina, si ésta lo necesita, pero básicamente él deberá dedicar su tiempo y sus energías a su propia parroquia. De cada cien parroquianos suyos, habrá de trabajar con alma y vida por los cien; y de cada cien parroquianos ajenos, también le interesarán los cien, pero normalmente no habrá de ocuparse personalmente de ellos. Como dice un refrán español que también le gustaba repetir a San Josemaría: “Que cada palo aguante su vela.” Ahora bien, si nuestro Párroco es responsable de una parroquia con diez mil habitantes, obviamente no podrá dirigirse a los diez mil a la vez, por lo que tampoco estará mal que empiece por unos u otros, según las estrategias o prioridades pastorales definidas por él, por su Obispo o por el Papa. Pero lo fundamental es que, aunque empiece con algunos, tenga siempre en mente a todos y de un modo u otro termine por hacer llegar a todos el Evangelio de Cristo y de la Iglesia; aunque al final algunos acepten el Evangelio y otros no.